lunes, 1 de mayo de 2017

Visita a Jesús Sacramentado

Dulce Jesús mío, creo firmemente que estas presente delante de mí, en este Sacramento de Caridad, que al permanecer delante de Ti, me contemplas con todo el Amor con que lo hiciste en la Cruz, como Rey de Misericordia y Compasión, reconozco que he sido frio, indiferente ante tu presencia en tantos Sagrarios donde estas escondido, en tantos Altares donde estas Expuesto esperando ser Adorado y Acompañado, y he pasado de largo sin prestarte atención. Y me duele lo más profundo del alma, porque no te cansas de estar ahí para mí siempre que yo lo necesito, pero siempre acudo tan solo cuando me agobia el peso de mis pecados y tribulaciones, mientras que en tiempos de alegría simplemente no quiero saber que siquiera existes.

Ahora volteo al mundo, y comprendo por qué está todo tan mal, porque te hemos desterrado de nuestras vidas, porque no eres el centro de cada corazón que tú mismo moldeaste para Ti, como Templo y Morada predilecta de tu Caridad. Somos culpables del estado en que vivimos, por alejarnos de Ti, y de todo aquello que nos enseñas para salvarnos, santificarnos y alcanzar el verdadero gozo. Ya no tenemos esperanza, la hemos perdido, nos hemos alejado de Ti, en quien debemos confiar y esperar sin límites, porque jamás nos darás la espalda, aun cuando nosotros te humillemos y te olvidemos. Y sin embargo, sigues ahí presente, fiel y constante. Nos amas y nos llamas. Nos curas y nos fortaleces. ¿Por qué entonces nos empeñamos, Señor, en buscar descanso fuera de Ti? ¿Por qué si lo que el mundo ofrece y nos sentimos vacíos, no somos capaces de voltear la mirada hacia tu Presencia?

¡Nos has amado hasta el extremo! Una caridad infinita de pagar el precio que nosotros teníamos escrito desde la creación del mundo. Amor que da la vida por sus enemigos, aun sabiendo que te pagaríamos con menosprecio y olvido. Nos envuelves en Amor y te damos de bofetadas. Nos liberas de ataduras, y nos empeñamos en permanecer con las cadenas de nuestros pecados. Te haces alimento de Vida Eterna, para estar unidos más a Ti, y no te reconocemos ni te disfrutamos, te tiramos al suelo y pisoteamos, nos hemos convertido en legiones de demonios que te injurian y te ofenden.

Permíteme presentarme delante de Ti, con un corazón verdaderamente arrepentido, capaz de saber reconocer sus culpas y llorarlas con verdadero desprecio, pues han sido la causa que yo me aleje de Ti, y busque el abrazo que deja con hambre y la palabra que no sacia mi sed. Yo mismo soy culpable de haberme alejado, cuando tú me extiendes la mano para sostenerme y levantarme cuando me encuentro en el suelo. Yo he sido quien te ha despreciado con mi egoísmo sintiéndome dueño de mi propia existencia sacándote de mi vida, sin reconocerte como a mi Señor y Salvador, como a mi Padre y Creador. Misericordia Señor, porque mi alma esta saciada de cientos de desprecios por querer ocupar un lugar que solo Tú debes tener, porque soy reo de muerte eterna, por no arrepentirme tantas veces y no haberme alejado de las ocasiones para pecar. Por haber sido cómplice ante la injusticia, por no tener el coraje de levantar la voz y de actuar para vivir el Evangelio y hacer de mi ambiente más lleno de humanidad verdadera en el amor y la fe.

Quiero reconocerte como Mí Señor, y poner a tus pies, aquí Presente en el Santísimo Sacramento, mi pobre corazón, mi nada, mi pequeñez, para que seas tú quien la transforme y la restaure, aun en el silencio, que cada latido sea una constante alabanza que sea agradable y suba hasta tu Trono. Quiero alabarte por aquellas almas que te han despreciado, quiero adorarte por aquellas almas que pasan de largo ante Tu Presencia Sacramental, quiero amarte por aquellas almas que te conocen y te frecuentan con tibieza, con costumbre y sin amor.

Te ofrezco mis trabajos, mis fatigas, mis alegrías, en homenaje de reparación y amor por mis ingratitudes y las ingratitudes de mis hermanos, familia, amigos y el mundo entero. Y te ofrezco también, las lágrimas y los dolores de Tu Santísima Madre, la Virgen María, y el amor que te rinden tus ángeles y santos delante de tú Trono.

Gloria, amor y alabanza sean dadas a tú Nombre, ¡oh Dios de Misericordia! Y ante ti sean dobladas toda rodilla, en el cielo, en la tierra y en lo más hondo de los abismos, reconociendo que Tú eres el Señor, quien Vino a salvar al mundo, y que vendrá lleno de majestad a regir el mundo. Gloria y Alabanza por los siglos de los siglos. Amén.



Mauricio Parra Solís
Esclavo Eucarístico del Inmaculado Corazón de María




            Mexicali, B.C., 01 de Mayo de 2017. Memoria de San José Obrero. Año Jubilar por el Centenario de las Apariciones de Nuestra Señora en Fátima.

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